Sonó el despertador.
Eran las siete de la mañana y,
por primera vez, veía la luz.
Veía rostros difuminados,
cuyas muecas me hacían sentir confusa.
De pronto eran las nueve.
Mi primera palabra.
Mamá no dejaba de hacer que repitiese esa palabra
a cuantos rostros curiosos se acercaban a mí,
y, con una amplia sonrisa,
me estrujaban la cara, enfatizando lo graciosa que era.
Las once.
Mamá y papá ya no estaban conmigo en todo momento,
jugaba con otros niños que,
al igual que yo,
rompían todo cuanto tocaban.
Eran las dos del mediodía
y me peleaba con mis compañeros de clase
porque no me dejaban jugar con su pelota
o no me devolvían lo que les prestaba.
Pestañeé y eran las cuatro de la tarde.
Ya discutía con mis padres por la hora de volver a casa un viernes.
Porque mi mejor amiga tenía algo que yo no.
Por todo.
A las seis quería comerme el mundo;
podía conseguir cuanto quisiera
y no veía impedimento alguno;
nada ni nadie capaz de frenarme.
Hasta que me rompieron el corazón.
A las ocho encontré mi primer trabajo,
mi primer sueldo,
mis primeras responsabilidades importantes
y la persona con la que compartir mi vida.
Se acercaban las diez de la noche
y de repente había dos personas pequeñitas
que me llamaban mamá.
Eran las doce y una vez tras otra abría el álbum de mi vida.
El que tantos recuerdos guardaba.
De entre las páginas
cayó una carta escrita con trazos irregulares:
"Abuela, te quiero."
Había sido un día duro,
sentía un profundo zenosquine
y me acosté a dormir.
Volvían a ser las siete de la mañana.
De nuevo veía la luz.
Zenosquine.def: Sensación de que el tiempo avanza cada vez más rápido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario